Relatos Eroticos

Reunión de amiguetes..

-.Intercambio de pareja.

Mis padres tienen una pequeña casa de campo. Su vista a las montañas es espectacular, y tiene piscina para refrescarse. Mi marido y yo no solemos ir, siempre estamos muy ocupados, pero tengo las llaves por si acaso. Justamente, ese verano decidimos ir, teníamos unos días de vacaciones y nos iría bien descansar un poco. Pero cuando llegamos, cargados de maletas y cansados del viaje, la casa ya estaba habitada. Mi hermana mayor y su marido habían tenido la misma idea que nosotros.
Pasada nuestra primera sorpresa, nos hicimos a la idea de que no estaríamos solos. Descargamos las maletas e hicimos de tripas corazón. Aunque había otro problema: la casa tenía dos habitaciones, pero por culpa de unas molestas goteras, sólo una estaba habitable. Por supuesto, ellos ya se habían instalado en ella. El salón era demasiado estrecho para poner una cama, nos conformamos con un somier en el suelo, en el mismo dormitorio en el que dormían mi hermana y su esposo. La idea no nos hizo mucha gracia, pero éramos adultos y era la única solución viable. Así que, nos instalamos e intentamos disfrutar de esas vacaciones.

Mi hermana y yo no nos hemos llevado nunca bien. Ella es un poco mayor que yo, de adolescentes tuvimos muchos problemas. Ahora que cada una está casada y que hemos pasado la treintena, simplemente no nos tratamos. Sin embargo, aunque no conozco mucho a su marido, éste me agrada. Es un hombre alto, tiene unos años más que yo, es muy agradable. Siempre tiene una palabra amable en mi presencia, es caballeroso y atento con todo el mundo. Soy una persona muy sensible y abierta, por lo que estas marcas de atención me resultan atractivas. Por el contrario, mi marido se caracteriza por ser serio y cerrado, en acorde con el carácter de mi sombría hermana.
Una noche, mi cuñado derrochó especial amabilidad conmigo. Me hablaba en voz bajo, me miraba sonriente, en fin, sentí que su actitud era sensiblemente diferente. Así mismo, mi marido y mi hermana se echaban miradas nerviosas, visiblemente alterados. Parecían cómplices. Intrigada, me prometí preguntárselo a mi esposo cuando estuviéramos solos, en la cama.
Ya acostados, con los ojos abiertos sobre la oscuridad, no conseguía dormir. Mi hermana y su marido se habían acostado hacía rato y, por su inmovilidad, pensé que estaban dormidos. La respiración de mi esposo, a mi lado, era irregular, casi precipitada, supe que estaba despierto. Cuando me disponía a susurrarle algo al oído, se volvió hacia mí y me dijo que iba a beber agua. Sin más, se levantó. Su actitud distante me desconcertaba, pero pensé que era puro nerviosismo por no estar solos.
Lo estaba esperando a oscuras, tumbada de espaldas cuando de repente, oí un ruido. Antes de darme cuenta, una sombra se estaba metiendo en mi cama. En principio pensé que era mi marido, pero enseguida me di cuenta de que no era él. Ese aroma, ese cuerpo no eran suyos. Asustada, miré el rostro que se acercaba a mí. Era mi cuñado. Abrí la boca, dispuesta a gritar, cuando me la cerró de un beso arrebatador. El corazón acelerado, sentí sus brazos que me rodeaban, su cuerpo pegándose contra mí. Hacía calor, yo me había desnudado, estaba en ropa interior. Mi muslo rozó algo firme, y comprendí que él estaba desnudo. Cuando soltó mis labios, después de un largo beso sugerente, me sentí vacilante, la cabeza me daba vueltas. Intenté debatirme, pero me sujetaba con fuerza. Con un movimiento rápido, ya estuvo encima de mí. Su cuerpo pesado me impedía moverme. Por algún motivo extraño, era incapaz de gritar, sobrecogida por esta situación increíble. Entonces vi, sobre la cama de al lado, mi hermana sentada. Nos estaba mirando. Mi marido, que había entrado sin que yo me percatara, estaba a su lado. Nos observaban en silencio. Intuí que estaban de acuerdo, y al fin comprendí su nerviosismo. Como en un sueño, vi mi marido volver su rostro hacia mi hermana y, cogiéndola entre sus brazos, se fundieron en un beso osado, manoseándose sin pudor. Cerré los ojos. Sentí e aliento obsceno de mi cuñado sobre mi cuello, mis pechos. Me arrancó con una mano el sostén y buscó febrilmente mis senos. Mientras, podía oír mi marido gemir, mezclando sus suspiros a la voz nerviosa de mi hermana.

Rendida, me dejé llevar por unas sensaciones extrañas que recorrían mi cuerpo. Los labios de mi cuñado empezaron a comerme lentamente los pezones, provocándome un sinfín de sensaciones contradictorias. Tenía ganas de gritar, de apartarle bruscamente, pero por otro lado esas caricias expertas, que mi marido nunca me había hecho, me hacían vibrar como nunca. Con rabia, sentí que mojaba, al tiempo que mi sexo palpitante se contraía de placer. Temblorosa, apreté los muslos, para alargar esa sensación nueva. Él debió notar mi cambio, pues de bruscas, sus caricias hábiles se volvieron insinuantes. Inmóvil y cada vez más expectante, fui notando como sus dedos rugosos recorrían mi piel tierna, desde mi cuello frágil, pasando por mis senos abultados, mi vientre, fue masajeando con atrevimiento mis caderas redondas y mis muslos entreabiertos. Gemí débilmente, y no reconocí esa voz gutural. Me retorcí suavemente cuando sentí su mano insolente pasar por mi sexo, acariciándolo por encima de mis bragas. Instintivamente, abrí las rodillas, dejando su dedo penetrar en mi intimidad, empapada por mi propio flujo abundante. Con la voz jadeante de mi marido como fondo, fui dejando que un sinfín de emociones placenteras me invadieran. Esos dedos experimentados, pasando sobre mi vulva mojada con caricias osadas, me hacía suspirar largamente. Poco a poco, fui ayudando sus gestos descarados con pequeñas sacudidas de caderas frenéticas, mientras él rebuscaba en mi interior con un vaivén indecente. Sofocante, me dejaba invadir por una ola de placer. Mi sexo convulsionado me hacía arder. Al oído, me animaba a disfrutar, sentía su respiración entrecortada, excitado por nuestro placer. Cuando no pude más, con una mano agitada, lo atraje hacía mí. Se puso encima de mí, abrí los muslos con impaciencia, y lo rodeé con mis piernas. Su dedo buscó mi sexo y, apartando la tela húmeda de mis bragas, pude sentir su miembro duro contra la piel tierna de mis labios hinchados. De un empujón salvaje, lo tuve dentro de mí. Empezó a sacudirme con fuerza, soplando y gimiendo. Yo, extasiada, daba pequeñas sacudidas al ritmo de nuestro ardor, alentando con voz encendida su fogosidad. Los jadeos cada vez más profundos de mi marido me daban una idea de su placer, y me proporcionaban un gozo desconcertante. Lo agarraba del pelo, con gestos desbordados, gritaba mi deleite animal. Cuando sentí que no podía más, me apreté con fuerza contra mi amante y, con un último empujón brutal, nos liberamos. Me relajé poco a poco, aliviada, y miré con emoción a ese hombre sobre mí, capaz de proporcionarme un placer inigualable. Aún podía sentir mi sexo palpitar.
A la mañana siguiente y después de un sueño reparador en brazos uno del otro, mi marido y yo nos levantamos. Ellos ya se habían marchado, Pero desde esa noche reveladora, de mutuo acuerdo, nos hemos vuelto a encontrar todos los años en esta casa que nos oyó amar.

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