Relatos Eroticos

Putita de Fiesta

-.Sexo intercambios

Una amiga me había hablado de la posibilidad de ganar dinero trabajando como, vamos, como puta, que esa es la palabra, en determinadas fiestas de lujo que se organizaban por zonas y para las que buscaban chicas. A mí, de entrada la idea me parecía espantosa, pero una vez madurada, no me resultó tan mala, sabiendo que sólo tenía que pasar un par de noches al mes fuera de casa, y eso era bastante sencillo de justificar. Mis padres no me controlaban demasiado a ese nivel, y además, ya tenía 22 años, creo que edad suficiente como para manejarme sola. El precio dependía de tu físico y de las cosas que estabas dispuesta hacer. Si estabas buena, valías más, y a mí se me puntuó bastante alto, lo que me hizo sentir muy bien, dicho sea de paso. Después se valoraba el sexo anal, el oral, hacerlo con varios a la vez y toda una serie de cosas que iban subiendo tu caché. A mi me gustaba mucho el sexo en cualquiera de sus formas y lo único que me preocupaba era el aspecto que podrían tener mis supuestas parejas o que me hicieran daño. Pero partiendo de que eran fiestas con un acceso muy, muy restringido pensadas para ejecutivos con dinero después de sus cansinas reuniones de trabajo, no pensé que fueran demasiado desagradables. Trajes con corbatas y vicios caros.

A las 9 de la noche un coche me vendría a recoger. Para no revelar mi domicilio, quedé en la puerta del Ayuntamiento, y cuando llegué ya me estaban esperando. Un coche rojo, con un chico joven dentro. Camino del hotel me fue indicando ciertas cuestiones de orden. Me miró de reojo por si mi aspecto no era adecuado, pero creo que mi vestido negro de licra, abierto por el lateral hasta medio muslo y con los hombros al descubierto, era lo suficientemente provocativo, sin dejar de tener clase.


Estuve hablando con mi chofer un poco por matar el tiempo, de cosas triviales. Estaba bastante nerviosa, y el viaje duraría al menos media hora, y me estaba consumiendo una extraña idea de mi misma atrapada en un callejón sin salida. Estaba loca, pero me encantaba esa sensación en las tripas. Las calles de la ciudad me parecieron diferentes, las luces más vivas, la gente yendo y viniendo ajenas a mí y a lo que estaba a punto de vivir, a pesar de que yo me sentía el centro del universo.
Cuando entré en el hotel, pensé que todas las miradas se dirigían a mí. Estaba lleno de gente bien vestida, algunos guiris con maletas, personas que yo no conocía de nada. Todos los sonidos del mundo se desdibujaron y el latido de mi corazón se alzó sobre todos ellos junto al de mi respiración entrecortada, en un eco sordo que empezaba a marearme. Tal como me dijo el chofer, subí a la planta octava, y allí me dirían lo que debía hacer. Entré en el ascensor y centré mi mirada en los números iluminados que iban sucediéndose en la parte superior de la puerta: 1...2...3....8. Respiré hondo, me agarré con fuerza al neceser, y di un paso definitivo hacia la alfombra azul con motivos rojos. Nada más salir había un segurata, y encontré gente por todo el pasillo. Eran parejas, o pequeños grupos que reían y se metían en las habitaciones de forma bastante desordenada. Al final del pasillo había otro guardia de seguridad. Se oían risas y ruidos indescriptibles. No había mucho escándalo, pero el ambiente era de fiesta y orgía, eso estaba claro. Me pregunté cual sería mi habitación, si es que tenía alguna. Y en ello estaba, cuando un señor bajito y delgado se me acercó y preguntó mi nombre.

- Soy Verónica. Vero...
- Ah, si, hola Vero. Bueno, espero que disfrutes la noche. Como verás, tenemos seguridad, así que si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que avisar. Te indicaré tu habitación, para que dejes tus cosas y te sitúes. Acompáñame. Hemos reservado toda la planta, así que puedes moverte con libertad. Si quieres beber o comer algo, tendrás que hacer que te inviten, ¿de acuerdo?
- De acuerdo.

“Mi” habitación estaba libre. Dejé las cosas en el cuarto de baño y me senté en la cama. Debía esperar. Mi boca estaba seca. Alguien llamó a la puerta. Abrí y me encontré con dos hombres de mediana edad, debían rondar los cuarenta y tantos. Uno de ellos era alto, 1.80 largos, con poco pelo y una mirada profunda y clara. El otro era algo más bajito, y tenía una más que prominente barriga cervecera, pero tampoco estaba mal del todo. Los dos iban con traje, ya sin chaqueta, sus corbatas habían desaparecido de sus cuellos desabrochados y sus camisas blancas estaban bastante arrugadas. El alto, más dispuesto, se dirigió a mí:

- Hola, me llamo Carlos, y este es mi amigo Iván. ¿Cómo te llamas princesa?
- Vero...
- Encantado Vero. ¿Nos dejas pasar?
- Si, claro que sí.

Entraron, y la verdad es que a pesar de que imaginé que todo sería lento y complicado, no tardaron en acercarse a mí sin más y empezar a tocarme y a desnudarme. Pasaba de uno a otro sin parar, de la boca de Carlos a la de Iván, de sus manos a sus pollas. Pronto, sin darme tiempo a pensar, me descubrí desnuda, de rodillas frente a Iván, con su polla en la boca y con Carlos tocándome el culo y metiéndome el dedo dentro. Noté que les excitaba muchísimo encontrar esa mezcla de sabores en mi boca; sus dos pollas, sus lenguas, mi sexo...Y yo estaba totalmente empapada. Carlos se dio cuenta y se reía, me llamaba puta, me lo susurraba al oído despacito, mientras Iván me follaba al borde de la cama. Mis pensamientos se plegaron y desaparecieron en algún lugar remoto dentro de mi mente, y sólo pude sentir. Olores, sabores, movimientos, frases inconexas, ruidos varios y viscosidades indecentes...Y de pronto, en un pequeño despertar extraño, me vi a mi misma sobre Carlos, con su polla bien metida en mi coño, intentando explicarme como conseguía moverla tan rápido con todo mi peso sobre su cuerpo. Y en eso estaba cuando noté a Iván tanteando con la punta de su polla mi culo, y sin más, echarse sobre mi con ganas, hundiéndola en mis tripas. Grité, el dolor era enorme, estaba sometida a dos ritmos diferentes, y pensé que ellos mismo podrían sentirse a través del pequeño espacio de mi carne que les separaba. Me sentí como un muñeco de trapo, agitaba por miles de hilos conectados desde mi propio centro situados a la altura de mi coño y mi culo. Los resoplidos de Iván en mi nuca, la cara descompuesta de Carlos y sus boca babeante me transformaron en un animal salvaje. Mi dolor cedió al fin y me abandoné a ese sentimiento de estar siendo penetrada por todas partes. Quise por un momento tener otra polla más, esta en mi boca, para no poder pronunciar palabra, para estar llena, para que ninguno de mis agujeros quedara al descubierto. Y con esa imagen en mi mente mi cuerpo se estremeció en un largo estertor que me recorrió por completo. Agotada, me dejé caer sobre el vientre de Carlos, con Iván todavía dentro de mi, formando un trío de desconocidos que jamás se volverían a ver, pero que jamás se olvidarían.

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